La actual sobrevaluación del tipo de cambio del bolívar se corresponde con los postulados de la política de abastos aplicada durante la época mercantilista en el sentido de que constituye una política de consumidores que relega la producción como condición necesaria para atender sostenidamente el consumo.
La política de abastos se ubica históricamente en una segunda etapa del constante proceso de transformación que significó la época mercantilista en Europa. La política económica respondía a un interés supremo que estaba representado en el Estado y que se anteponía a la las aspiraciones individuales de los comerciantes.
Siguiendo esa tónica de supremacía estatal y a raíz de la previa Política de Depósitos (surgida en el ocaso de la Edad Media) que los reinados empleaban para obtener provecho de la ventaja geográfica de algunas ciudades como Cádiz en España, Génova en Italia, Danzig en Polonia, entre otras, y que condicionaba el tráfico y comercio de bienes en torno estos sitios, los Estados fueron capaces de acumular excedentes derivados de las actividades complementarias asociadas al comercio interno, como los servicios de mantenimiento de barcos, posadas, y establecimientos de alimentos. En su libro Venezuela ante la Integración Económica Hemisférica, Abdón Suzzarini contempla que “se fue acrecentando el poder adquisitivo de la población local, aunado a los nuevos patrones de consumo adquiridos como resultado del intercambio con otras culturas” (2006).
En esta nueva etapa de transición mercantilista, las mercancías tomaron un lugar preponderante en las políticas económicas, a raíz de la necesidad de los Estados de garantizar el suministro de éstas a la población en una época de apogeo y de consolidación geopolítica. Es en este punto en que la ya mencionada Política de Abastos es empleada para reencausar los excedentes hacia la adquisición de bienes producidos en otros Estados (importaciones), y a su vez un freno a las exportaciones con la idea de lograr una mayor fortaleza en materia de recursos que permitiese contrarrestar eventuales períodos de escasez de alimentos por causas naturales, así como el abastecimiento de tropas en conflictos bélicos muy frecuentes en la época.
Para ello, los Estados se valían de diversos mecanismos como aranceles a las exportaciones de bienes estratégicos, prohibición a los comerciantes extranjeros de abandono de la ciudad sin haber transcurrido un número determinado de días, estímulos al comercio interno, y otros mecanismos que, entre otras cosas, se traducían en un incremento de los ingresos vía tributos y un mayor poder económico del Estado.
Paradójicamente, esta Política de Abastos que permitió financiar las actividades militares y de gobierno, trajo consigo también un deterioro de la producción de bienes (en términos de calidad y de cantidad) aupado también por un mutuo celo en la divulgación y comercio de técnicas y herramientas productivas entre Estados, y por consiguiente una disminución de la demanda de empleo que afectó directamente a los obreros y artesanos (en países como Inglaterra mostraron una enorme resistencia a través de sus gremios) que vieron reducidos sus salarios en el mejor de los casos, o simplemente se encontraron desempleados.
Esta “Hambre de mercancías” (Suzzarini, 2006) que buscaba robustecer la posición del Estado en un ámbito político y económico frente a sus similares constituyó entonces, en palabras de Eli Heckscher en La Época Mercantilista. Historia de la organización de las ideas económicas desde el final de la edad media hasta la sociedad liberal, una “política de consumidores” que relegó “la producción como condición necesaria para atender sostenidamente el consumo” (1983).
En la Venezuela de hoy, la renta derivada de la actividad petrolera, ha hecho posible la aplicación de una política económica que, centrada en la figura del Estado como agente rector de la economía y fundamentada en un esquema ideológico que privilegia un noción de bienestar en sustitución de la noción de riqueza - esta última derivada de las ideas de Adam Smith y de Friedrich List según los cuales las verdadera riqueza no residía en los bienes en sí mismos, sino en la capacidad para producirlos – ha venido incrementando los niveles de consumo en el país vía distribución de la renta, a medida que se reduce la producción nacional de bienes no petroleros que son inevitablemente sustituidos por bienes importados.
Este enfoque en las mercancías por encima del capital productivo, en palabras de Abdón Suzzarini, “tiene su expresión contemporánea cuando un país, como ha sido el caso de Venezuela, adopta un tipo de cambio sobrevaluado, para abaratar las importaciones, pero sacrificando el fortalecimiento de las bases productivas del país” (2006).
A diferencia de la época mercantilista en que el Estado procuraba las importaciones vía aranceles y decretos de prohibición de exportaciones, en la Venezuela de hoy el estímulo surge a partir de la sobrevaluación del tipo de cambio del bolívar que, a una tasa mucho mayor a la que podría obtenerse de la razón entre las Reservas Internacionales y la Oferta Monetaria, abarata los bienes extranjeros en perjuicio de la producción nacional, que incide negativamente en la demanda de Empleo en el sector industrial (en especial la mano de obra especializada), pero que permite satisfacer un consumo cada vez mayor aupado por un enorme Gasto Fiscal derivado de la altamente rentable exportación petrolera.
Un ejemplo bien ilustrativo lo constituye la asignación de dólares preferenciales a través de instituciones como la Comisión de Administración de Divisas (CADIVI) para la adquisición de bienes finales considerados estratégicos como alimentos, medicinas, artículos escolares, condición que no dista mucho de la observada en la Europa mercantilista,
Hay, sin embargo, un terreno en que la persistencia de la política de abastos no constituía un detalle dentro del cuadro general, sino el factor determinante de toda la evolución económica. Nos referimos a las mercancías empleadas como víveres, y especialmente los cereales” (Heckscher, 1983)
Inclusive, en ese mismo orden de ideas, se privilegia la importación de bienes de capital como maquinarias para las actividades agrícolas, que ya en la etapa proteccionista del mercantilismo – y más aún con la llegada del liberalismo – fueron objeto de análisis por parte de intelectuales de la fisiocracia como el propio Adam Smith (que además fungió como autoridad aduanera en Edimburgo) al considerar que algunos de esos bienes, aún y cuando eran empleados exclusivamente para actividades productivas, convenía más invertir en producirlos puesto que contenían en sí mismos una carga de trabajo mucho mayor que la necesaria para producir otras mercancías de consumo final.
Bibliografía
· Heckscher, Eli Filip. La Época Mercantilista. Historia de la organización de las ideas económicas desde el final de la Edad Media hasta la Sociedad Liberal. FCE. Primera Reimpresión. 1983
· Suzzarini, Abdón. Venezuela ante la Integración Económica Hemisférica. Dos visiones. Dos paradigmas. Vadell. 2006.
· Smith, Adam. La Riqueza de las Naciones. Alianza Editorial. México, 2005.

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