miércoles, 22 de febrero de 2012

¡Así es que se protesta!



La banalización de la protesta es uno de los tantos fenómenos inesperados que minó el espíritu democrático de este país durante estos últimos años. Surgió tras la adopción, por parte de los principales dirigentes políticos de oposición, de un discurso político que no supo distinguir entre el apego a la ley y la sumisión, entre respeto y reverencia. Un discurso que transformó las movilizaciones de calle (alternativas universalmente empleadas en la procura inmediata de objetivos, por las dosis de euforia que las suelen acompañar y sus implicaciones), en meras rumbas políticas en las que los ciudadanos fueron invitados a cambiar gritos de reclamo por coros, pasos firmes por coreografías, tensión por jolgorio; una absurda sumisión al poder del gobierno que convenció a un ciudadano irreverente de condicionar sus manifestaciones de inconformidad al humor del propio verdugo.

Sólo un liderazgo político sin norte pudo distorsionar el sentido de la protesta, al punto de despojar al ciudadano demócrata y responsable de su dignidad, y obligarlo a rendir voluntariamente sus demandas al beneplácito del alcalde de turno, quien habría de aprobar o negar según su parecer el permiso legítimo de cada individuo a alzar su voz, amparado en un aparataje legal que desde un principio logró su cometido: atar de manos y pies a una sociedad que se rehusaba a deshacerse de su espíritu emprendedor a cambio de bocados de autoritarismo envueltos en populismo.

A partir de ese momento, el estereotipo del marchante se configuró en torno a un mercado informal de vestimentas y souvenirs alusivos al tema del momento; desde sombreros en forma de tiburón (por aquello del “escuálido”) hasta implementos espectacularmente diseñados para transportar con gran comodidad la inmensa variedad de jugos y bebidas energizantes que se conseguían en cada esquina de los kilométricos trayectos, en donde hombres y mujeres encontraron el espacio perfecto para lucir el bronceado del fin de semana o los últimos Ray Ban.

Luego de 8 años sin resultados palpables, de heridos (y hasta muertos) en vano, de millones de bolívares malgastados en tarimas que no pocas veces conjugaban discursos enardecidos con presentaciones del reggaetonero del momento, de sesiones de fotos “nice” en movilizaciones organizadas en nombre de presos políticos, de medios de comunicación cerrados, de fraudes electorales, fotos que luego serían colgadas en Facebook como recuerdo de una tarde diferente y un tanto cool… Luego de esos 8 años no es de extrañarnos que sólo se haya contribuido en mantener este letargo que ha socavado día tras día las instituciones de este país. Un letargo que con el aliño de los medios de comunicación distrajo a la ciudadanía de los verdaderos objetivos. Un letargo que enalteció a falsos profetas que, aún fracaso tras fracaso, disfrutaban de los beneficios políticos y económicos de haber creado un caldo de cultivo de marchantes de profesión, que se acostumbraron a caminar y caminar, pero nunca a llegar.

Sin embargo, hace años que no se veía en Venezuela una acción política contundente, que reivindicara la protesta como ese “acto de fe en la reivindicación popular del derecho y la justicia” al que se refería Edmond Cahn, como lo fue la quema de los cuadernos de votación del pasado martes ante aquella sentencia entreguista de un TSJ subordinado al Poder Ejecutivo. Urgía este país de un liderazgo político capaz de plantarle cara al gobierno con posiciones firmes, que aún carcomido por el cáncer del clientelismo sobre el que se teje esa infinita red de favores e intereses, que aún bajo la sombra de un proceso no del todo transparente, al menos le diese al país una muestra clara de que existe la convicción de querer alcanzar un fin, de devolverle la dignidad y el carácter irreverente a una ciudadanía que ha sido utilizada como un juguete de intereses mezquinos a lo largo de muchos años, y que hoy merece que sus dirigentes le paguen con bolas su perseverancia. ¡Así es que se protesta!

Siguen siendo muchos más los vicios que las virtudes que uno logra hallar en la forma en que se hace política en este país, pero no cabe duda que un buen par de cojones pueden constituirse en el combustible necesario para recuperar la fe en el futuro.

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