En la posibilidad del nacimiento de una forma de inteligencia superior, de la mano de desarrollos tecnológicos cada vez más acelerados en el mundo de las IT (Tecnologías de Información), se ven representadas por el inconsciente del hombre occidental aquellas angustias que lo someten en un ambiente tecnocrático donde incluso la espiritualidad pretende ser absorbida por la razón. En este trabajo pondremos en evidencia las tres formas como el inconsciente confronta la ansiedad: Una nueva representación del Dios protector, un individuo insatisfecho que se rebela contra la civilización, y la creación de vida como un desafío a la muerte.
Para ahondar en este tema resulta útil emplear como referencia metodológica un texto de Sigmund Freud titulado El porvenir de una ilusión, en el que el autor identifica dos conflictos que se desencadenan en la psiquis del hombre primitivo desde el nacimiento mismo de la cultura.
Reconociendo esta última como el resultado de un continuo enfrentamiento a la naturaleza que es transmitido de generación en generación a través del lenguaje y la comunicación, el primero de estos conflictos surge del temor experimentado por el hombre frente a un medio ambiente hostil que, a lo largo de la historia y a pesar de los continuos avances en la técnica, logra imponer su voluntad a través de diversos y poderosos fenómenos naturales que consiguen arrasar con sociedades.
En respuesta a la sensación de indefensión frente a lo natural y como prolongación de la niñez, el hombre se sirve de una ilusión para satisfacer su necesidad de protección, dotándola de cualidades humanas que le permitan establecer un lazo directo que en las etapas más tardías de la línea evolutiva de la humanidad emula perfectamente la relación padre-hijo a través de figuras monoteístas; una relación en donde Dios se presenta como un padre destinado a velar en todo momento por el bienestar del hombre aún y cuando la naturaleza se empeñe en demostrar lo contrario.
Proponía Freud en las últimas páginas de su ensayo que una formación irreligiosa podría contribuir a evitar la atrofia intelectual producto de la creación de un dogma en la mente de niños que en sus primeros años serían incapaces de entender mínimamente la idea de la existencia de un Dios, y es esta idea precisamente la que emplearemos para enlazar con el objeto de nuestro análisis.
Freud temía que tal educación irreligiosa pudiese no tener efecto alguno en el ser humano, duda que hoy por hoy podemos sustentar a partir de la relación planteada por el hombre de nuestros días con lo que identificaremos a partir de este momento como su reflejo artificial.
En los albores de nuestra era, podemos distinguir en la comunidad científica a los informáticos como los máximos representantes del positivismo lógico y el ateísmo, siendo su formación profesional el producto de una circunscripción exclusiva a la lógica y la matemática. Su campo de experimentación se halla en la manipulación de complejos algoritmos que no son más que ideas de la razón y nunca fenómenos extraídos de la realidad, y cuya utilidad radica en la representación de modelos que están orientados precisamente a emular inductivamente la mente humana.
Es principalmente en estos hombres de ciencia en quienes surge un deseo deliberado por crear formas de inteligencia artificiales a partir de una nueva concepción ideológica concebida como cibernética, partiendo de supuestos filosóficos bastante elaborados y variopintos, que van desde concepciones materialistas que reducen la inteligencia y la memoria a un complejo cúmulo de códigos y conexiones físicas como analogía del ADN humano, pasando por teorías sobre la singularidad y el despertar de una consciencia espontánea a partir de la acumulación de una cantidad casi infinita datos en la red, hasta visiones dualistas que distinguen la inteligencia como un objeto metafísico que se representa en lo material y que, si bien presenta una traba en el proceso creador, plantean la posibilidad no tan lejana de transferir la consciencia de un cuerpo humano a uno cibernético tan pronto la ciencia logre simularlo, y dejando a la reflexión dilemas como ¿En qué parte del cuerpo reside el alma? O si dicha transferencia de la consciencia en forma de datos sería efectivamente una migración o una simple copia.
Siendo el objeto último de la cibernética una aspiración lejana dado el alcance aún limitado en el campo experimental, y existiendo todavía suficientes imprecisiones en el ámbito teórico, la inquebrantable voluntad de los científicos en la procura de tales objetivos resulta comparable con la fe de los creyentes. Es en este contexto que decidimos adentrarnos en la naturaleza de este impulso, y para ello recurrimos al arte como una ventana al inconsciente.
Encontramos en principio que el surgimiento de la Inteligencia Artificial en la mayoría de las obras de ficción no suele ir acompañado de fortuna, sino que suele ser el desencadenante de escenarios apocalípticos y distopías muy diversas propias de la cultura ciberpunk en donde persiste la concepción dualista inteligencia-cuerpo, una de las más vigentes hoy en día.
En occidente, y en aquellos territorios orientales en los cuales la cultura occidental tuvo una importante influencia a partir de la segunda mitad del siglo XX, como lo fueron Japón, Korea y Hong Kong, se ha convertido en una regla la identificación de figuras heroicas, angelicales, protectoras, derivadas del corazón mismo de la IA. Ejemplos abundan, siendo el Terminator encarnado por Arnold Schwarzeneger en la saga cinematográfica de los años 80’s y 90’s uno de los más destacados exponentes de finales del siglo XX. El patrón se repite una década después en las figuras de NEO en la trilogía The Matrix, y la Mayor Motoko Kusanagi en el Animé japonés Ghost in the Shell (del cual tomaremos varios ejemplos y al que en lo sucesivo nos referiremos simplemente como “GitS”) a quien su compañero Batou llamaba “Ángel Guardián”, entre muchos otros.
No es azarosa la humanización e incluso idealización y embellecimiento de tales figuras cibernéticas, un vestigio indudable de la pretensión de perfeccionar al hombre, débil ante a la naturaleza, alcanzando el deseo de inmortalidad como respuesta a la ansiedad que ha experimentado el ser humano frente a la muerte a lo largo de toda su historia.
Esta creación del estereotipo de IA angelical concordaría perfectamente con la ilusión divina a la que hacíamos referencia al principio de las líneas referentes al texto de Freud, a no ser porque en este caso el carácter omnipotente es absorbido por una entidad aún superior, abstracta, que toma la forma de Oráculo o Destino como fuerza suprema de donde emana la fortuna. Particularmente en la sociedad occidental es fácilmente representable una figura divina representada en varias personas, siendo la Trinidad uno de los principales misterios en la religión católica.
De esta manera hallamos en la psiquis del científico del siglo XXI, racional, una particular representación de Dios ya no en una fuerza natural (puesto que lo físico se haya suficientemente explicado por la razón) sino como una ilusión que lo protege de un desarrollo tecnológico cada vez más acelerado y niveles de información cada vez más difíciles de procesar, que terminan generando en él la misma sensación de debilidad que le era planteada en sus inicios por la naturaleza.
El segundo de los conflictos identificados por Freud, a los que hicimos referencia a comienzos de este ensayo, se halla en la insatisfacción de los instintos naturales del hombre a través de las privaciones que la civilización le impone en aras de garantizar la vida en comunidad. En esta idea yace, de hecho, lo que el autor considera el verdadero motivo de la rebelión del hombre contra la civilización, en oposición a la perspectiva materialista propuesta por Marx y Engels.
El representar la IA como una posibilidad para el hombre de romper las ataduras de la cultura es una de las ideas más fascinantes.
Existe un argumento habitual que habríamos de considerar inmediatamente en nuestro análisis, y es aquel en el cual la creación de un ente inteligente con capacidades superiores al humano conlleva a un inevitable desenlace en el que la raza humana es desplazada por su sustituto más evolucionado. El correcto encaje de esta idea nos obligaría a introducir previamente una suerte de Deus Ex Machina difícil de mantener en el que asumamos con rigidez que al menos la mayoría de las formas de IA que se rebelan en las obras de ciencia ficción han de ser representaciones del ser humano mismo.
Sin embargo, existe una representación del conflicto individuo-civilización mucho más interesante que podemos empezar a representar con el dilema del “Barco de Teseo”. Teseo era un navegante griego que decidió sustituir cada una de las partes de su barco por otras nuevas a medida que se deterioraban. Al sustituirlas todas se preguntaba si ese barco seguía siendo o no el mismo barco, e incluso reflexionaba si reuniendo las piezas extraídas y armando un barco nuevo iba a ser capaz de definir cual de los dos sería el original.
En la corriente ciberpunk este mismo dilema se presenta al considerar la posibilidad de transferir la consciencia del cuerpo humano a un cuerpo cibernético. En GitS, esta representación del humano que se rebela destaca ampliamente.
En una escena de la primera película del año 1995, la Mayor Motoko Kusanagi, una humana con un cuerpo completamente cibernético (la primera en su tipo) y líder de un grupo de operaciones especiales de la Sección 9 de Paz Pública de Japón, confronta el dilema del Barco de Teseo al examinar la naturaleza de su existencia como ser humano. Al entrar en contacto directo con una verdadera IA nacida en la red y alojada en un cuerpo cibernético como el suyo, se ve obligada a preguntarse ¿qué las distingue? ¿Qué la hace a ella un ser humano y a la IA una máquina? “La única cosa que me hace sentir humano es la forma en que soy tratada” (Oshii, 1995).
Kusanagi, al igual que muchos otros personajes de obras de ficción como GitS, encuentra en una primera instancia el conflicto de sentirse un individuo, y como tal libre, y aun así ver su individualidad supeditada al reconocimiento de la sociedad. El conflicto se hace más explícito en la medida que existe una conveniente (en términos de la trama) restricción en torno al cuerpo de Motoko, y es la propiedad en manos del gobierno de Japón por tratarse de un prototipo exclusivo. Inclusive, el sólo hecho de depender su cuerpo de un mantenimiento frecuente ya plantea ineludiblemente las vicisitudes que conlleva su ciberización: más tecnología, más civilización, más ataduras, más privaciones.
La trascendencia del cuerpo humano es una posibilidad de libertad para el alma, de liberarse de las ataduras físicas que en el ámbito de la naturaleza y de la cibernética imponen los cuerpos. Sin embargo, el cuerpo cibernético cumple una función metafórica en tanto es una creación humana, un producto de la civilización. La mente que se libera del cuerpo ciberizado es la mente que retorna a sus instintos.
La red universal de computadoras ofrece bajo esta perspectiva un medio ideal para el desenvolvimiento de esta mente libre. Tras el desenlace de la primera película, en GitS: Innocence, del 2004, la nueva Motoko Kusanagi se presenta como una mente libre que se ha despojado de su cuerpo cibernético y que vaga en la red, un individuo que se ha liberado de las prohibiciones de la civilización. “¿A dónde va el recién nacido desde aquí? La red es vasta e infinita” (Oshii, 2004).
Con esta frase y la referencia al recién nacido involucramos a este trabajo la tercera y última representación de la psiquis del científico occidental, que viene a satisfacer el instinto de paternidad del ser humano como mecanismo por excelencia para desafiar a la muerte, el más instintivo, el más natural y el más antiguo. La capacidad de procrear es común en todos los seres vivos, tan antigua como la vida misma y obviamente previa al reconocimiento de la muerte en los homínidos, y el surgimiento de los funerales como preámbulo a una nueva vida en el más allá.
Desde Eva hasta Frankenstein, desde Pinocho hasta Astroboy, el instinto creador de vida del ser humano se encuentra presente desde su propia génesis.
En la anterior cita a la Mayor Kusanagi, su liberación ocurre tras su fusión con la IA nacida espontáneamente en la red. El acto es más que ilustrativo al llevar implícita la copulación y la creación de un nuevo ser vivo que se aloja en sus inicios (y nuevamente por conveniencia) en el único cuerpo que su compañero Batou consigue en el mercado negro, el de una niña.
La satisfacción del instinto de paternidad a través de la IA puede ser interpretado también, en conjunción con la idea del conflicto individuo-civilización, como una protesta del hombre como animal político contra a la irrupción del movimiento tecnocrático en el que se encuentran inevitablemente inmersos los informáticos actuales.
En La tecnocracia o la castración de la política, David Carrascosa Campos hace referencia a la metáfora de los corderos y las aves rapaces que plasma Friedrich Nietzsche en La Genealogía de la Moral:
“El primero tenderá a refugiarse tras la colectividad, en lo puramente impersonal, que constituirá en todo momento su defensa, mientras que el segundo, centrándose en su propia vitalidad, intenta reconfigurar el orden de lo dado, o de lo ya creado, mediante su propia acción. Los corderos crearán el rebaño, las aves rapaces lo sobrevolarán…El tecnócrata, al fin y al cabo, nunca decide políticamente, nunca emprende un acción que no quede respaldada científicamente, sino que aplica las normas propias de su campo del saber…El político, por el contrario, no perpetúa ese estatus sino que, de acuerdo con una escala de valores, intenta modificarlo, intenta crear otro nuevo”. (sic) (Carrascosa, 2011).
En conclusión, hemos encontrado a lo largo de estas líneas evidencia que nos permite presumir que la pretensión de crear una inteligencia artificial está signada por una serie de representaciones de ansiedades presentes en la psiquis del hombre occidental, con determinadas variantes relacionadas con el contexto histórico y la especificidad temática: La figura de Dios reconocida por Freud desde el inicio como una ilusión, el constante conflicto entre individuo y civilización en tanto la segunda impone privaciones a los instintos del primero para hacer posible la vida en sociedad, y la satisfacción del instinto paternal como un mecanismo instintivo de preservación de la vida, distinguible también en un contexto de castración del animal político a consecuencia del auge de la tecnocracia.
Referencias Bibliográficas
Carrascosa, David. La tecnocracia o la castración de la política. http://suite101.net/article/la-tecnocracia-o-la-castracion-de-la-politica-a75112. 2011.
Freud, Sigmund. El porvenir de una ilusión. Traducción de Luis López Ballesteros. http://www.elortiba.org. 2012.
Ghost in the Shell: Innocence [Película]. Productor: Mitsuhisa Ishikawa. Guión: Mamoru Oshii. Concepto Original: Masamune Shirow/KODANSHA, Tokio. Production I.G, 2004. DVD (96 min), son., col.
Ghost in the Shell [Película]. Productor: Laurence Guinness. Director: Mamoru Oshii. Concepto Original: Masamune Shirow/KODANSHA, Tokio. Manga Entertainment/Bandai Visual, 1995. DVD (80 min), son., col.
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