Hoy más que nunca la historia nos exige unir esfuerzos en recobrar el respeto a las instituciones sociales - a toda norma que haga posible la convivencia ciudadana - si es que alguna vez lo hubo. Hacer una lista de los males que aquejan a esta sociedad podría resultar una labor titánica, pero podríamos encontrar que la raíz de todos ellos yace en nuestra cultura pública.
En cualquier hora pico, nada nos haría dudar de la responsabilidad del ausente fiscal en el caos vehicular, pero jamás pensaríamos que esperar 40 segundos más detrás del rayado podría ahorrarnos a todos horas de tráfico. A fin de cuentas, ¿qué es un semáforo si no un fiscal electrónico?, con la diferencia de que él no puede multarnos.
Vivimos en un país en el que todos conocemos de derechos, pero poco sabemos de deberes. En la tierra de lo posible, el hacer respetar las reglas genera condenas morales automáticas. ¿Qué gerente sería tan inhumano como para no asignar ese cargo importante a su vecino de toda la vida, aún y cuando carezca de preparación alguna? ¿O a quién se le ocurriría detenerse en un semáforo en rojo si no hay vehículos en la otra vía? Podrían incluso nuestros tímpanos explotar por la corneta del pobre y apurado conductor detrás de nosotros.
Existe un fuerte vínculo entre nuestra historia rentista y la descomposición de nuestras instituciones, y en el párrafo anterior encontramos un excelente ejemplo de que el petróleo por sí sólo no basta para construir país. Fuimos los primeros en Latinoamérica en tener semáforos en sus calles, gracias por supuesto a la renta petrolera, pero jamás importamos la manera de comportarnos frente a él. Sin embargo, hemos adquirido el ímpetu para exigir que el aparato funcione, la facilidad para acostumbrarnos a la gasolina barata e inundar las calles de vehículos, y la firmeza para resistirnos a cualquier aumento de impuestos por muy necesarios que sean.
Somos herederos de una modernidad que en su mayoría ha sido forjada por el oro negro, que nos sumerge y emerge de intensas crisis económicas (peores cuanto mayor ha sido la dependencia), que en nuestro afán por recibir nuestra cuota de barril ha distorsionado nuestra escala de valores al punto de impedirnos reconocer nuestras prioridades, y que hoy por hoy convierte el nada económico Blackberry en uno de los productos más demandados en el país, aún y cuando muchos dejan de comer para adquirirlo.
En la cultura venezolana un paradigma a romper es la idea de que el gobierno debe mantener al pueblo, que un alto precio del barril nos hace ricos, o que el mérito se halla en la viveza aunque implique romper las reglas... y enseñarnos, a cada venezolano, la relación directa que existe entre nuestro papel como ciudadanos, nuestro trabajo y el porvenir del país.
El problema cultural tiene muchas aristas, y se observa dramáticamente hasta en la forma de hacer política. En este país de lo posible los líderes más loados son los que más prometen, los que más ofrecen, los que más dan. El eje central de cualquier campaña política se concentra en "cómo distribuir la renta petrolera", pero jamás en cómo generar riqueza. Todos nos dicen cuánto podemos recibir, pero ninguno cuánto debemos esforzarnos para obtenerlo.
El mejor proyecto país nunca tendrá éxito en una sociedad en crisis. La solución a un problema estructural de este calibre no vendrá jamás de la mano de un excelente gerente que ocupe la silla de Miraflores, sino de una conversión de los individuos en ciudadanos, demócratas, responsables por su futuro y el de su país.
Venezuela urge de políticos que se reconozcan a sí mismos como servidores públicos fundamentados en el trabajo, en el ejemplo, en evidencia de compromiso social, y no especies de arañas que vivan sólo para tejer redes de compromiso, con deudas heredadas del cáncer del amiguismo... el mismo que corona al nepotismo por encima del mérito tanto en empresas como en instituciones públicas, y que lejos de producir beneficios a la sociedad deteriora las estructuras con resultados cada vez menos eficientes. Es por eso que la mejor política, la que construirá la Venezuela del futuro, no es la de micrófonos ni la de lucha por cargos de poder, sino la de trabajo y de cambios de consciencia. Una política de verdades, de metas, de proyectos, de compromiso con el desarrollo.
Se avecinan tiempos difíciles, y si algo hemos de medir en la contienda electoral del 2.012, es la convicción y el compromiso de impulsar un proceso profundo de reconstrucción de valores ciudadanos, democráticos, y de respeto a las instituciones. Es hora de aburrirnos de los discursos bonitos, de exigirles a los dirigentes honestidad, de adquirir consciencia de nuestra responsabilidad en la crisis que vivimos, de amarrarnos el cinturón y trabajar, de aprender a comernos las verdes para poder disfrutar de las maduras. Es la hora, no de recibir, sino de producir.
Es el momento de deslastrarnos de ese epíteto de "pueblo" con el que nos mantenemos distanciados de la endiosada figura del gobernante, a quien endosamos la entera y nada pequeña responsabilidad de conducirnos hacia la modernidad y de quien esperamos soluciones mesiánicas. Es momento de recuperar la irreverencia característica del "ciudadano" que, lejos de mostrarse sumiso ante un gobierno paternalista, demanda democracia con la determinación de quien se sabe soberano. Es hora de que aprendamos a construir el futuro con nuestro esfuerzo, con trabajo y no con renta, con nuestras manos y no con poleas.

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