
En la Escuela de Economía de la UCV se discute en estos días la pertinencia o no de la implementación del voto paritario (cada miembro de la comunidad universitaria tendría derecho a votar en igualdad de condiciones independientemente de su rol de trabajador, estudiante o profesor) en un proceso de “consulta” para la designación del próximo Director de la Escuela, a raíz de la renuncia del profesor José Guerra luego de aproximadamente cinco años de exitosa labor.
Mucho se ha hablado (a lo interno) del carácter “no vinculante” de este mecanismo de elección pintado de consulta, pero la realidad es que resulta imposible en la práctica que la Decana ose imponerse a la voluntad de la comunidad luego de hacer un llamado a un acto de fe pública como éste. Aún más fuerza cobra esta idea, cuando se entiende que la razón de ser de este absurdo mecanismo es precisamente la de evitar un conflicto político interno que, seamos sinceros, sería aún mucho mayor si la Decana llegase a ignorar el resultado.
Reconocemos en el Decanato una total irresponsabilidad en la manera como ha toreado la obligación de elegir el próximo Director de la Escuela. Al mejor estilo de Poncio Pilato, se pretende adjudicar a la propia comunidad la responsabilidad de cualquier error que pudiese derivar de una mala decisión, desprendiéndose a su vez del carácter despótico que por ley y por lógica ostenta el cargo en el reconocimiento de destrezas que, en teoría, han de superar con creces el criterio de un numeroso estudiantado.
Aún en este momento desconocemos si existe algún ápice de cordura en este gremio profesoral (y disculpen aquellos que sabemos se mantienen impotentes pero firmes en una especie de búnker de opinión en los pasillos y aulas), pero cumplimos con poner de manifiesto las consecuencias que ha de tener a futuro y el precedente que, sin ser profesionales del derecho, sabemos que sentaría este bochorno del voto “1x1x1” en la política universitaria en general. Un mecanismo que penaliza la edad, la educación, el mérito y la experiencia, en beneficio de la ingenuidad de la que gozamos estudiantes que mayoritariamente rondamos los 20 años.
¿Cómo podría vencer las sombras una casa que día a día viste de democracia los más grandes vicios de la política nacional, y patea con inigualable fuerza sus propios principios? ¿En qué momento empezó a importar más a los profesores la política en perjuicio de la academia? Probablemente no sea éste un fenómeno azaroso, y el alcance de objetivos políticos sea la única manera en que el gremio se estimula a sí mismo en medio de una crisis perenne que atenta contra su propia dignidad, que los pone a trabajar con las uñas, que les otorga miserables 300 bolívares al ascender de escalafón luego de años de servicios y de un trabajo de ascenso, que no les permite investigar, y que los rodea día a día de un constante y muy variopinto clima de violencia que va desde los enfrentamientos políticos a la inseguridad individual.
Si tal poder de elección llegase a reposar en manos de una población estudiantil numéricamente mayor, podríamos ser testigos del surgimiento de mecanismos de corrupción y de tráfico de influencias entre profesores y estudiantes mucho más perversos que los que ya se asoman en los pasillos de la universidad venezolana actual. Sin embargo, independientemente del papel histórico de los distintos grupos políticos estudiantiles, conviene también aclarar que hay quienes NO estamos dispuestos a involucrarnos en una dinámica que transforma esta labor fiscalizadora, propia de nuestra irreverencia juvenil, en una inevitable relación de dependencia, de CLIENTELISMO POLÍTICO que hoy abunda en la política nacional y que socava nuestras instituciones
Es en estos momentos en que se evidencia, en las propias raíces del imaginario democrático de esta sociedad, las consecuencias de décadas de populismo. Es hoy cuando verdaderamente podemos palpar los efectos nocivos de que, a partir de los años 70, la sociedad venezolana haya sido deslumbrada por un discurso político que hoy es el responsable de que la UCV sea un espacio ingobernable, anárquico, presupuestaria y operativamente ineficiente, y que contrasta con los principios básicos de lo que debe ser una institución académica de vanguardia. La universidad es sólo un reflejo del país, y al parecer también sus respectivas autoridades.
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